Durante años, el sector tecnológico se sostuvo sobre una premisa sencilla: quien sabía construir software tenía una ventaja competitiva clara. Hoy esa ventaja se está reescribiendo. La llamada comoditización del software —la tendencia por la que desarrollar aplicaciones se vuelve cada vez más barato, rápido y accesible— está dejando de ser una hipótesis para convertirse en una fuerza estructural. Y con ella aparece una pregunta que incomoda a empresas, profesionales y creadores: si el código cuesta menos, ¿qué mantiene su valor?
El debate no es solo técnico. Es económico y cultural. A medida que herramientas de Inteligencia Artificial y plataformas “low-code/no-code” reducen el esfuerzo de construir, el software empieza a parecerse a otras capas de infraestructura digital: abundante, replicable y, en muchos casos, intercambiable. La discusión ya no gira en torno a si se podrá crear más, sino a cómo se compite cuando cualquiera puede crear.
La tesis dura: el software se abarata… y el “dev” pierde poder
La postura más provocadora se resume en tres ideas. Primera: desarrollar software será progresivamente más barato o directamente gratuito para una parte del mercado. Si antes una empresa pagaba a terceros para construir una herramienta interna, ahora puede hacerlo con menos recursos. Si antes un fundador necesitaba un equipo para lanzar un MVP, hoy puede aproximarse con ayuda automatizada y un coste menor. En esa visión, lo que antes era un servicio premium se convierte en una función casi estándar.
Segunda: si una persona es “mero desarrollador” —entendido como ejecutor de especificaciones— su valor tiende a comprimirse. Cuando la oferta de “capacidad de producir código” se multiplica, el precio cae. No porque escribir código deje de ser necesario, sino porque deja de ser el cuello de botella.
Tercera: la comoditización del software empuja hacia la comoditización de los productos digitales. Si construir un cliente de correo, una app de entrenamiento o una herramienta de productividad es cada vez más fácil, el producto se enfrenta a un océano de alternativas. En ese escenario, el valor del “producto” como objeto aislado pierde peso, porque la diferenciación se diluye.
Y ahí llega el golpe final de esta visión: lo que mantendrá valor no será el código, sino la capacidad de llegar al usuario (distribución) y la habilidad de orientar a ese usuario (marca y storytelling). Quien controle canales —hardware, sistemas operativos, plataformas con base instalada, redes sociales, creadores— seguirá mandando. Y quien sepa contar una historia, posicionarse y construir confianza, destacará entre el ruido.
Su conclusión, deliberadamente radical, es una especie de consejo de supervivencia: “olvídate de ser desarrollador y conviértete en contador de historias”.
La réplica: el código se abarata, pero suben la lógica y la arquitectura
Frente a esa lectura aparece una crítica que no niega el fenómeno, pero sí discute la sentencia. La frase clave es sencilla: la IA es herramienta, no arquitecto. El código puede ser más barato, pero la parte realmente difícil de la tecnología —especialmente en entornos reales— no es escribir funciones: es decidir qué construir, cómo construirlo y cómo sostenerlo.
Esta posición defiende que el valor se desplaza, pero no desaparece. De hecho, puede concentrarse en capas de mayor impacto:
- Arquitectura y diseño de sistemas: elegir patrones, límites, dependencias, datos y seguridad.
- Lógica de negocio: comprender el problema, priorizar, evitar sobreingeniería y traducirlo a producto.
- Operación y costes: despliegues, observabilidad, rendimiento, resiliencia, continuidad y FinOps.
- Calidad y responsabilidad: pruebas, deuda técnica, cumplimiento y gestión de riesgos.
Bajo esta óptica, el perfil “dev” no muere: evoluciona. Lo que pierde valor es el trabajo repetible y mecánico. Lo que gana valor es el criterio. Y aquí sí hay coincidencia con la tesis anterior: el storytelling y las habilidades de comunicación son esenciales. La diferencia es que no se plantean como sustituto, sino como un multiplicador. Un ingeniero que sabe explicar, influir, negociar y conectar con negocio se vuelve más difícil de reemplazar, no menos.
El punto en común: el valor se moverá hacia distribución, confianza y criterio
Aunque el debate parezca una pelea entre “marca” y “tecnología”, en realidad describe un reparto nuevo del valor. En un mundo donde crear software es más fácil, lo escaso cambia:
- Distribución: no basta con existir; hay que llegar. Ecosistemas, marketplaces, integraciones, audiencia.
- Confianza: seguridad, reputación, soporte, estabilidad y cumplimiento. Una app “barata” puede salir carísima si falla.
- Criterio: decisiones correctas en arquitectura, datos, dependencias y experiencia de usuario.
- Narrativa: claridad para que el usuario entienda por qué elegir algo y para qué sirve en su vida real.
La commoditización, por tanto, no elimina el valor: lo redistribuye. Reduce el precio de ejecutar y sube el precio de decidir. Reduce la ventaja de saber “picar código” y sube la ventaja de saber construir sistemas y mercados.
Lo que viene: más software, menos paciencia del usuario
El resultado probable de esta tendencia es un mercado con más oferta y menos paciencia. Si cualquier persona puede generar una app funcional, el usuario se enfrentará a un catálogo infinito de soluciones “suficientemente buenas”. Ahí, el reto será doble: ser útil de verdad y ser elegible.
Las empresas que ganen no serán necesariamente las que más rápido escriban código, sino las que dominen la combinación: producto que funciona + mensaje que se entiende + canal que lo distribuye. Y los profesionales que mejor se adapten no serán quienes renuncien a la ingeniería, sino quienes amplíen su alcance: menos “implementación”, más “decisión”, más “operación” y más “comunicación”.
En esa transición, el storytelling no es humo. Es orientación. Pero la arquitectura no es un lujo. Es supervivencia.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa exactamente “comoditización del software”?
Que la capacidad de producir software se vuelve más abundante y barata, reduciendo el precio de tareas repetibles y acelerando la creación de productos similares entre sí.
¿Qué trabajos tech corren más riesgo si el código se abarata?
Los roles centrados únicamente en ejecución mecánica (implementación sin diseño, integración o responsabilidad operativa). El valor tiende a desplazarse hacia arquitectura, datos, seguridad, MLOps/DevOps y producto.
¿Por qué la distribución puede valer más que el producto en 2026?
Porque en un mercado saturado de alternativas, llegar al usuario y mantener su atención y confianza se vuelve el factor limitante: canales, ecosistemas, comunidad y marca.
¿Qué hace “imparable” a un engineer hoy, según este debate?
La combinación de habilidades técnicas con soft skills: criterio arquitectónico, visión de negocio, comunicación, liderazgo y capacidad de orientar decisiones.